CATHERINA & POITRINE
Tiembla el pedestal de la costa humorosa por donde llegaron hoy a visitarme Catherina y Poitrine. En sus camafeos traían dos muelas de sus abuelas y un enjambre de abejas rodeaban sus greñudas cabelleras cual colmena originaria de una galaxia desconocida, tanto por sus extrañas formas de vida y conciencia, como por su belleza. Aclaro que no eran extraterrestres, pues sus nombres y los molares de sus antepasados son tan ciertos como verdaderos. Aclaro también que no se trataba de una ilusión óptica generada por algún tipo de inteligencia artificial u otra invención incluso posterior al denostado Homo Sapiens. Tratábase más bien de dos bellezas tan deslumbrantes que, más allá de su hediondo olor, ponían en peligro la razonable sensatez de los sentidos con los que los hombres se han acostumbrado a la verificación de las cosas más allá, por lo demás, de la intuición artística cuyos equívocos resultados fueron motivo y causa de tanta desazón al poner en tela de juicio su propia capacidad de conservación como especie. Por último, aclaro y dejo firme constancia, que naufragué en estas costas el mismo día en que nací y que, siendo ya bastante adulto, aprendí a leer y a escribir y a desconfiar sin mayor precaución de los restos de otras embarcaciones que seguían naufragando contra la misma roca aproximadamente cada década y media del año de la anunciación del señor y luego, más tarde del susodicho año cero de la nueva-vieja era, tras el cataclismo, como bien he tenido a bien consignar en anteriores relaciones, todo cesó en el acto mismo de su reencarnación. Y aunque no me fíe para nada de las visitas recibidas en el inestable día que me aqueja, confieso que algo en mi me ha conmovido hasta los huesos, manifestándose —sin que al principio lo advirtiera— de forma transversal al deseo, a la lujuria, a la ternura y a la siempre tan alimenticia como arrepentida piedad por el alma y el destino de los demás.